Es un escenario de coincidencia de diversas culturas de Guatemala en donde se construye paz y convivencia. Son muchas las adversidades cotidianas, la carencia de espacios para la creación y la expresión; la violencia, discriminación y la desvalorización de la lúdica y del arte en los núcleos familiares, escolares y comunitarios, lo que nos convoca a unirnos para contribuir a la apertura de espacios y procesos para que la niñez, la juventud y las comunidades puedan acceder a las diversas manifestaciones del arte y las culturas.
Históricamente la lúdica, el arte y la cultura no ha ocupado un lugar privilegiado en nuestros imaginarios y algunas elites han ideado el concepto de las bellas artes sin considerar la riqueza que reside en la diversidad cultural de los pueblos de Guatemala. El terror y el miedo de largos años de guerra, clausuró todos los espacios de discusión, política. Ser artista, pensador, critico, era un riesgo ante el poco valor que representaban la vida, la dignidad y la libertad. El encierro, las puertas, muros, alambres y armas, agudizaron la intolerancia, la desconfianza y la fragmentación del tejido social.
En los acuerdos de paz específicamente en el apartado referido a las medidas de reparación, el movimiento de Arte Comunitario encuentra oportunidades de participación que hacen visible el enorme potencial creativo y transformador de artistas, animadores y gestores culturales del país y de países hermanos. Resistirnos al silencio y a la amnesia, vencer el miedo y regresar a los orígenes para proponerle a la sociedad guatemalteca procesos de sensibilización artística cultural que constituyen un franco aporte al resarcimiento cultural. A través del acercamiento a la lúdica, es decir al goce, al juego, al disfrute de la vida, del arte y de la cultura, las personas pueden conocerse así mismas y a las demás personas, en un clima de convivencia, respeto y solidaridad, venciendo prejuicios que nos encadenarían al racismo y la discriminación.
También nos beneficia porque dignifica nuestros seres, le da sentido a la vida, aumenta las capacidades creativas y expresivas, motiva el trabajo en grupo, la búsqueda de la memoria y la identidad, nos une y nos humaniza, sembrando referentes de hermandad y de esperanza que reivindican el valor de la vida, el respeto, el amor y provocan acciones que aportan al desarrollo humano y a la paz.
La apertura y consolidación de centros interculturales dinamizados por jóvenes, artistas, animadores, maestras, maestros y gestores culturales, es otro certero aporte del Movimiento de Arte Comunitario que siembra y cosecha convivencia.
Doryan Bedoya
Históricamente la lúdica, el arte y la cultura no ha ocupado un lugar privilegiado en nuestros imaginarios y algunas elites han ideado el concepto de las bellas artes sin considerar la riqueza que reside en la diversidad cultural de los pueblos de Guatemala. El terror y el miedo de largos años de guerra, clausuró todos los espacios de discusión, política. Ser artista, pensador, critico, era un riesgo ante el poco valor que representaban la vida, la dignidad y la libertad. El encierro, las puertas, muros, alambres y armas, agudizaron la intolerancia, la desconfianza y la fragmentación del tejido social.
En los acuerdos de paz específicamente en el apartado referido a las medidas de reparación, el movimiento de Arte Comunitario encuentra oportunidades de participación que hacen visible el enorme potencial creativo y transformador de artistas, animadores y gestores culturales del país y de países hermanos. Resistirnos al silencio y a la amnesia, vencer el miedo y regresar a los orígenes para proponerle a la sociedad guatemalteca procesos de sensibilización artística cultural que constituyen un franco aporte al resarcimiento cultural. A través del acercamiento a la lúdica, es decir al goce, al juego, al disfrute de la vida, del arte y de la cultura, las personas pueden conocerse así mismas y a las demás personas, en un clima de convivencia, respeto y solidaridad, venciendo prejuicios que nos encadenarían al racismo y la discriminación.
También nos beneficia porque dignifica nuestros seres, le da sentido a la vida, aumenta las capacidades creativas y expresivas, motiva el trabajo en grupo, la búsqueda de la memoria y la identidad, nos une y nos humaniza, sembrando referentes de hermandad y de esperanza que reivindican el valor de la vida, el respeto, el amor y provocan acciones que aportan al desarrollo humano y a la paz.
La apertura y consolidación de centros interculturales dinamizados por jóvenes, artistas, animadores, maestras, maestros y gestores culturales, es otro certero aporte del Movimiento de Arte Comunitario que siembra y cosecha convivencia.
Doryan Bedoya